Salud mental: una prioridad desatendida en la pandemia

Varios factores desmejoraron la calidad de vida de algunas poblaciones del mundo, pese a que antes de la pandemia se atendían enfermedades mentales. “El perfil de esas preocupaciones” era completamente distinto, pues hoy son más evidentes los trastornos depresivos y la ansiedad.

Por Laura Melissa Jiménez

La carga emocional de la pandemia ha dejado en las personas una fatiga psicológica relacionada con trastornos de ansiedad, estrés y depresión. Dos años después de que se conocieran los primeros casos de contagios en Colombia, hablar de salud mental se ha vuelto un tema común.

Afrontar los misterios y desafíos que trajo consigo la covid-19 ha sido difícil, aunque no para todos con igual intensidad. Pese a que antes de la pandemia ya se atendían múltiples enfermedades mentales, el perfil de esas preocupaciones era completamente distinto y en la actualidad existen nuevas sintomatologías producto de pérdidas cercanas, confinamiento, temor, incertidumbre y crisis financiera.

El análisis de los especialistas consultados para este artículo sugiere que el sistema de salud no ha hecho lo suficiente para afrontar esa situación emocional.

“Estamos haciendo básicamente lo mismo que antes: apagando incendios, atendiendo la enfermedad mental aguda. Sin embargo, ahora vemos otro tipo de enfermedades mentales a causa del estrés”, explica Sandra Mosquera, psiquiatra y profesora de la Universidad Simón Bolívar.

Aunque no desconoce que los planes para mejorar los índices de salud mental son interesantes y necesarios, cree que no son suficientes. Su afirmación responde a lo que se viene haciendo en Barranquilla y el departamento del Atlántico en la prevención de la salud mental como consecuencia de la pandemia.

En esas políticas reconoce que hay un conocimiento y un protocolo para activar rutas de atención en temas como maltrato a mujeres, abandono de adultos mayores, violencia intrafamiliar y abuso sexual; sin embargo, urge prevenir.

“Los protocolos de manejo, cuando ya está hecho el daño, están bien establecidos, pero hacen falta muchas más estrategias para cuidar la salud mental desde la primera infancia”, dice Mosquera.

Un ejemplo es la cantidad de pacientes que ha asistido a citas de psiquiatría, con patologías que vienen arrastrando desde antes de la pandemia y detonaron con la crisis sanitaria. En su gran mayoría acuden por trastornos depresivos y de ansiedad. “La pandemia sobrepasó la capacidad de adaptarnos al estrés”, sintetiza la especialista.

“Estamos haciendo básicamente lo mismo que antes: apagando incendios, atendiendo la enfermedad mental aguda; sin embargo, ahora vemos otro tipo de enfermedades mentales a causa del estrés”.

Impacto: cifras y consideraciones
En el Atlántico y el municipio de Soledad, el impacto emocional por efectos de la covid-19 fue analizado por la encuesta Pulso Social del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). La consulta, realizada a jefes de hogar (hombres y mujeres), arrojó en septiembre pasado que 6,4% de la población, unas 49.000 personas, había sufrido de tristeza; mientras que 2,8 % —más de 21.000— manifestó sentirse solo. Datos de la Gobernación del Atlántico reportaban la atención a más de 3.600 familias con problemas de salud mental.

“Aún quedan estadísticas alarmantes en cuanto al consumo de sustancias psicoactivas lícitas e ilícitas: hay una prevalencia del 36,7%, en tanto que la tasa de suicidios es del 60,7%”, comenta el psicólogo y profesor Johan Acosta López. “A escala departamental, esta política recién se está implementando”.

Según los expertos, tales indicadores son atribuidos a la deficiencia en el modelo de atención, la preparación de las instituciones médicas, la desigualdad cultural y social, que muestra desconfianza y desconocimiento sobre cómo enfrentar el estrés y otras situaciones inesperadas.

“Nos hace falta formar a más profesionales que detecten la salud mental, que llamen al paciente, lo sigan en el tiempo, le enseñen cómo trabajar en un estilo de vida saludable como parte de la prevención de la enfermedad mental”, asegura Mosquera.

6,4 %

de la población (unas 49.000 personas) en Colombia han sufrido de tristeza durante la pandemia, según la encuesta Pulso Social del DANE.

Generar nuevo conocimiento
No solo los datos clínicos y sociodemográficos son útiles para la construcción de estrategias en diagnóstico, tratamiento y seguimiento. La información genética de la población de estudio, así como los mecanismos biológicos que subyacen en estos trastornos, son relevantes para la generación de nuevo conocimiento científico aplicado al diagnóstico molecular y la identificación de nuevas dianas terapéuticas.

La recomendación para aquellos que han atravesado por un momento difícil es buscar ayuda y estar alertas ante los primeros signos de alarma, que pueden asociarse a trastornos en el estado de ánimo, el apetito y alteraciones del sueño.

“Las estrategias para mitigar la prevalencia e incidencia de estos trastornos mentales pueden generar mejores desenlaces en la calidad de vida de las personas, favorecer la disminución de comorbilidades crónicas o infecciosas asociadas de los índices de violencia y de los casos de suicidios, así como también el aumento de la productividad social”, dice Acosta.

“Hay que estar más conectados con nuestras necesidades de salud mental y dejar un poco el tabú a un lado, atender esas necesidades a tiempo y en los espacios profesionales que están disponibles en las EPS, los colegios, las universidades y los recursos humanos en el área laboral”, recomienda Mosquera.

Ante la posibilidad de que se intensifique la angustia entre la población ante el riesgo de nuevas olas de contagios, la invitación a las autoridades es a realizar brigadas de salud mental similares a las de vacunación y salud física, y que las EPS faciliten la oportuna atención con psicólogos y psiquiatras cuando lo amerite.

“Aún quedan estadísticas alarmantes en cuanto al consumo de sustancias psicoactivas lícitas e ilícitas: hay una prevalencia del 36,7 %, en tanto que la tasa de suicidios es del 60,7 %”.

Consumo de alcohol en jóvenes durante el confinamiento

Una investigación de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Simón Bolívar evidenció el consumo de licor en jóvenes entre dos y cuatro veces al mes.

Según la investigadora líder del trabajo, Martha Cervantes Henríquez, el resultado fue considerado un “riesgo significativo”, no solo porque favorece conductas adictivas, sino porque podría propiciar violencia doméstica. “Una persona bajo los efectos del alcohol no tiene las mismas precauciones de autocuidado”, advierte la psicóloga y magíster en Genética.

La muestra determinó que en su mayoría fueron hombres de 25 años, en promedio, los que más consumieron licor. Los resultados coinciden con otros análisis asociados al aumento de la tasa de consumo de alcohol ligada a estados de ansiedad y depresión, así como a una relación de bienestar mental inferior a la habitual.

De acuerdo con datos epidemiológicos de la Encuesta Nacional de Salud Mental, en el Atlántico, a medida que avanza la edad de la población se incrementa el consumo de sustancias como el alcohol.

PERFIL INVESTIGADORES

Sandra Mosquera

Grupo Neurociencias del Caribe
Categoría A1 de Minciencias

Médica especialista en Psiquiatría.

Johan Acosta Lopez1

Johan Acosta López

Grupo Neurociencias del Caribe
Categoría A1 de Minciencias

Psicólogo, magíster en Neuropsicología y Ph. D. en Psicología.

Martha Cervantes

Grupo Neurociencias del Caribe
Categoría A1 de Minciencias

Psicóloga y magíster en Genética.

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