La conducta suicida, un fenómeno para entender y actuar

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Resulta importante tomar conciencia y eliminar el estigma y la vergüenza asociados al suicidio. No se trata simplemente de intervenir cuando se presenta una crisis, sino trabajar en la promoción del bienestar emocional y la creación de entornos seguros y solidarios.

Por Johana Escudero Cabarcas

Una ola de reportes nos llega a menudo sobre la fragilidad de los niños y adolescentes que en estos tiempos los lleva a atentar contra sí mismos, siendo un tema de profunda preocupación.

Años atrás no era tan común el reporte de las ideas e intentos suicidas consumados o no en la población infantil o juvenil, pero se evidencia que poco a poco se han vuelto recurrentes los casos, aunque no debemos dejar de lado que en cualquier edad se puede presentar. Comprender la magnitud de la situación nos lleva a tomar medidas para no descuidar a los seres humanos que tenemos alrededor.

Lo primero que debemos saber es que el fenómeno siempre ha existido y no es un comportamiento aislado, sino que está influenciado por una interacción compleja de factores individuales, familiares, sociales y culturales. La impaciencia, la insatisfacción, las altas expectativas y la poca confianza en sí mismo llevan a una profunda angustia emocional, una desesperanza que en muchos casos es producto de experiencias traumáticas a lo largo de la vida, como violencia física o psicológica, acosos y poco o inexistente apoyo familiar y social, que pueden llevar a que una persona decida dejar de estar presente.

Otro aspecto por comprender es que subyacente a esas conductas se encuentra una base de factores genéticos y bioquímicos, que propician la vulnerabilidad del individuo a estas ideas. Nuestra genética nos puede hacer susceptibles a la presencia de ciertos trastornos como la ansiedad y la depresión, vistos como factores de riesgo.

Se ha evidenciado además la afectación de la producción y actividad de los neurotransmisores, como la serotonina, que ayuda en la regulación de los estados de ánimo; la dopamina y el glutamato, cuya ausencia perjudica la sensación de placer y recompensa, factores que pueden contribuir y mantener los pensamientos de desesperanza y desesperación. La actividad cerebral se ve envuelta en todo este proceso: zonas como el córtex prefrontal y la amígdala se ven afectados en su funcionamiento e influyen en el procesamiento emocional y la toma de decisiones, llevando a la poca regulación emocional, la limitada inhibición de pensamientos catastróficos e ideas suicidas y la mínima regulación frente a la conducta suicida.

“Subyacente a esas conductas se encuentra una base de factores genéticos y bioquímicos que nos puede hacer susceptibles a la presencia de ciertos trastornos como la ansiedad y la depresión, vistos como factores de riesgo”. 

 

Ahora bien, si juntamos todos estos factores en un individuo, tenemos parte de la compleja realidad de lo que sucede con un ser humano envuelto en ideas de suicidio y que de alguna manera se siente atrapado. Porque realmente está atrapado en su realidad, sus vivencias, en cómo las experiencias vividas han marcado su forma de ver el mundo y cómo su sistema le juega en contra a escala bioquímica, frente a la percepción de la realidad y la regulación de las sensaciones y emociones que experimenta. Al saberlo es cuando realmente se abre la posibilidad de ayudar. Considero que damos el primer gran paso para la intervención de esta problemática cuando usamos la empatía, que nos permite ponernos en el lugar del otro y conectarnos con su sentir.

Es así como podemos hacer algo desde el lugar en donde estemos —casa, escuela o trabajo— y es tan sencillo como prestar atención a las personas que están a nuestro alrededor. No necesitamos ser profesionales en salud mental, solo ser empáticos y estar atentos al otro, sin descuidarnos a nosotros. Una mirada, un saludo, una sonrisa, una pregunta sencilla sobre el día vivido, un comentario positivo, un elogio o hasta un piropo pueden marcar la diferencia.

Resulta importante tomar conciencia y eliminar el estigma y la vergüenza asociados con el tema del suicidio. Llegar a entablar un diálogo honesto, claro y acogedor con nuestros hijos, familiares y amigos sobre sus emociones y preocupaciones puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. No se trata simplemente de intervenir cuando se presenta una crisis, sino trabajar de manera proactiva en la promoción del bienestar emocional y la creación de entornos seguros y solidarios donde los niños, adolescentes, jóvenes y adultos puedan expresar sus emociones y recibir el apoyo que necesitan, encaminándolos en la búsqueda de seguimiento profesional en caso de ser necesario.

Hay mucho por entender y hacer. Pero la solidaridad, empatía, comunicación abierta y asertiva con el otro, aunados al cuidado de nuestra salud mental, nos abren un camino de acercamiento efectivo, nos convierten a todos en actores y nos dan herramientas para influir positivamente en los demás y, de alguna manera, marcar la diferencia para quienes hayan pensado en no querer continuar, en no querer estar.

Y, si fuese necesario, tener presente el fragmento del poema “El corazón que ríe” y afirmar: “Tu vida es tu vida, no dejes que sea golpeada contra la húmeda sumisión. Mantente alerta, hay salidas. Hay una luz en algún lugar; puede que no sea mucha luz, pero vence a la oscuridad”, Charles Bukowski (1920-1994).

“No necesitamos ser profesionales en salud mental, solo ser empáticos y estar atentos al otro, sin descuidarnos a nosotros mismos. Una mirada, un saludo, una sonrisa, una pregunta sencilla sobre el día vivido, un comentario positivo, un elogio o hasta un piropo pueden marcar la diferencia”.

PERFIL INVESTIGADOR

Johana Escudero Cabarcas

Grupo Sinapsis Educativa y Social
Categoría A del Minciencias

Psicóloga, Ph. D. en Psicología con orientación en neurociencia cognitiva aplicada, editora ejecutiva de la revista científica Psicogente e investigadora sénior.

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