99 % de los virus que pueden infectarnos aún son un misterio

Se estima que 1,7 millones de virus “no descubiertos” viven en animales: 850,000 están identificados, pero solo sabemos que 200 nos causan enfermedades.

Por Federico Egea Rosales y Germán Corcho Tróchez 

En mayo de este año, la Organización Mundial de la Salud (OMS) notificó un conglomerado de casos graves de hantavirus ligado al crucero MV Hondius: ocho reportados, tres muertes y varios países rastreando contactos. El episodio nos recuerda un dato sabido, pero con poca difusión: la Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) estima que hay 1,7 millones de virus aún no descritos en mamíferos y aves: hasta 850.000 podrían infectarnos y apenas se han identificado poco más de 5.000.

Esa desproporción invita a considerar la preparación y la infraestructura científica como una necesidad. En las primeras décadas del siglo XX, la investigación en virología enfrentó un obstáculo técnico: los virus no crecían en medios artificiales como bacterias u hongos. La razón radica en su naturaleza: un virus carece de maquinaria propia para replicarse y depende de una célula huésped. Sin sistemas controlados de cultivo, su estudio requería infectar organismos completos, un procedimiento costoso, lento y difícil de estandarizar.

En 1931 ocurrió un cambio, cuando Ernest Goodpasture y Alice Woodruff lograron cultivar virus en huevos embrionados. El método consistía en abrir una pequeña ventana en la cáscara, inocular el virus en una membrana del embrión y sellar el huevo, aprovechando que su interior ofrecía un entorno con células activas y condiciones estériles. Con el primer resultado exitoso con el virus de la viruela aviar, el procedimiento se extendió a los virus de la influenza y la fiebre amarilla.

Con el paso de los años y el avance de la tecnología, el uso de huevos embrionados evidenció dificultades para la producción a gran escala. Antonio Acosta Hoyos, director del Centro de Investigaciones en Ciencias de la Vida (CICV) de Universidad Simón Bolívar, explica que una de las limitaciones está en la escalabilidad y los tiempos de producción. “Si queremos responder rápido a una pandemia, no sería la forma más rápida de hacerlo”.

Una de las alternativas que han reemplazado el uso de huevos embrionados son los cultivos celulares, donde los virus se replican en líneas celulares que reproducen características del tejido que infectan. Así, un virus respiratorio se cultiva en células del tracto respiratorio y un virus hepático requiere células con funciones similares a las del hígado. Este enfoque mejora el control experimental y facilita la producción en entornos más estandarizados.


“Con el paso de los años, el uso de huevos embrionados evidenció dificultades para la producción a gran escala. Una de las alternativas que han reemplazado el uso de huevos embrionados son los cultivos celulares”.


La replicación de virus en laboratorio genera altas concentraciones de partículas infecciosas; por eso, para evitar riesgos, se emplean instalaciones clasificadas por niveles de contención. Los laboratorios BSL-2 y BSL-3 que hacen parte del CICV de Unisimón cuentan con infraestructura, protocolos y controles que reducen la exposición del personal y previenen la liberación accidental de agentes biológicos.

“Cuando uno cultiva virus en el laboratorio se generan grandes cantidades. Debes tener laboratorios especializados donde se contengan, con requisitos estructurales y administrativos que garanticen la seguridad”, detalla Acosta, Ph. D. en Genética y Biología Molecular.

Ese recordatorio sobre bioseguridad no es abstracto. En la primera semana de mayo pasado, la OMS reportó un brote de hantavirus asociado al crucero MV Hondius: hubo ocho casos notificados, tres muertes y cinco confirmaciones de laboratorio. Según el organismo, el agente implicado sería el virus Andes, una de las variantes con capacidad documentada de transmisión limitada entre humanos, bajo contacto directo y prolongado; aun así, la organización considera bajo el riesgo para la salud pública y advirtió que podrían aparecer más casos por el período de incubación.

El episodio también muestra por qué importan la detección temprana y los diagnósticos disponibles. Un informe técnico del Ministerio de Sanidad de España —centrado en el mismo evento— describe el cuadro clínico con progresión respiratoria rápida y enfatiza que la evolución depende de la sospecha clínica precoz, el acceso a pruebas y el traslado oportuno a UCI; además recuerda que no hay tratamientos específicos ni vacunas contra hantavirus.

En Colombia, varias instituciones académicas han desarrollado capacidades en este campo con virus como SARS-CoV-2, VIH y arbovirus como dengue y chikunguña. Su estudio permite avanzar en el diseño de vacunas, terapias y sistemas de diagnóstico. Además de cumplir estándares internacionales necesarios para la colaboración científica, la bioseguridad es clave para las labores bajo condiciones controladas que reduzcan los riesgos para el personal de salud y evite la liberación accidental de agentes infecciosos.

“Las dinámicas de transmisión, la respuesta inmunológica de las poblaciones y las condiciones ambientales varían entre regiones; por eso, si seguimos dependiendo de datos generados en otros países y contextos seguiremos limitando nuestra capacidad de respuesta ante brotes”, advierte Lisandro Pacheco Lugo, biólogo Ph. D. en Bioquímica y Biología Molecular.

Para evitar riesgos, los métodos de replicación de virus se emplean en instalaciones clasificadas por niveles de contención.

1,7 millones son los virus aún no descritos en mamíferos y aves. Hasta 850.000 podrían tener capacidad de infectar a las personas. Y menos de 2.000 virus han podido ser catalogados, según el comunicado de IPBES.

Impacto en la salud pública local
La combinación de cultivo viral, infraestructura de bioseguridad y programas académicos define la forma en que una región enfrenta brotes y enfermedades endémicas. En Barranquilla, el desarrollo de laboratorios con capacidad para cultivar virus permite acortar tiempos entre la detección de un patógeno y su análisis, lo que influye en decisiones clínicas y medidas de control sanitario.

“Estamos avanzando en capacidades científicas de la mano de laboratorios equipados con tecnología de última generación, formación doctoral y trabajo articulado con el sistema de salud que mejoran la respuesta ante brotes y fortalece la vigilancia epidemiológica”, destacó Pacheco.

En la región Caribe, la vigilancia de enfermedades transmitidas por vectores de agentes como dengue, zika y chikunguña en condiciones controladas puede mejorar la validación de pruebas diagnósticas y el seguimiento de variantes. También facilita estudios sobre comportamiento viral en contextos locales, donde factores como el clima y la densidad urbana afectan la transmisión. “El riesgo de nuevas pandemias siempre está presente. La cuestión no es si va a ocurrir, sino cuándo y con qué virus”, advierte Acosta.

La pregunta ¿con qué virus? tiene un trasfondo incómodo: buena parte del universo viral sigue sin ser mapeado. Un reporte difundido por instancias vinculadas a Naciones Unidas, a partir del taller de la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES), estima que existirían cerca de 1,7 millones de virus aún no descritos en mamíferos y aves, y que hasta 850.000 podrían tener capacidad de infectar a las personas. El mismo documento subraya que el inventario actual es una fracción mínima: el comunicado de IPBES habla de “menos de 2.000” virus catalogados en esos hospedadores.

Para la salud pública, el dato no funciona como cifra de asombro sino como argumento práctico: si el pool de virus con potencial zoonótico supera con creces lo que hoy se conoce y monitorea, la capacidad de aislar, cultivar, caracterizar y diagnosticar patógenos deja de ser un lujo académico. Se vuelve parte de la preparación cotidiana frente a eventos que aparecen fuera del radar, como el brote de hantavirus en un entorno cerrado y móvil, o como las emergencias virales que surgen cuando cambian los usos del suelo, se intensifica la producción agropecuaria o aumenta el contacto con fauna silvestre, factores señalados por el IPBES como impulsores del riesgo.

El impacto también se refleja en la producción de vacunas y biológicos. Aunque Colombia no tiene una industria masiva, tener capacidades de cultivo viral y líneas celulares abre opciones para investigación aplicada, ensayos preclínicos y transferencia tecnológica, todos relevantes en escenarios de emergencia donde la disponibilidad global de insumos se puede restringir.

“La investigación en virología permite tomar decisiones con evidencia, fortalece la detección temprana, orienta estrategias de prevención y aporta a la autonomía científica del país frente a enfermedades que afectan a nuestras poblaciones”, sostiene Pacheco.


“En la región Caribe, la vigilancia de enfermedades transmitidas por vectores de agentes como dengue, zika y chikunguña en condiciones controladas puede mejorar la validación de pruebas diagnósticas y el seguimiento de variantes”.


PERFIL CIENTÍFICO

Grupo de Investigación en Genética (G=I=G), categoría A1 de Minciencias. Director del Centro de Investigaciones en Ciencias de la Vida (CICV).

Ph. D. y posdoctor en Bioquímica y Biología Molecular de la Escuela de Medicina de la Universidad de Miami (EE. UU.) y director del Centro de Investigaciones en Ciencias de la Vida (CICV).

Grupo de Investigación en Genética (G=I=G), categoría A1 de Minciencias. Centro de Investigaciones en Ciencias de la Vida (CICV).

Biólogo, Ph. D. en Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad Federal de Paraná (Brasil).

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