La vasculitis o cómo aprendimos a examinar nuestros vasos sanguíneos

El libro Historia y actualización de la vasculitis y enfermedades afines, autoría del médico internista y reumatólogo Antonio Iglesias Gamarra, recorre los principales hitos en la investigación de esta patología, desde la antigua Roma hasta los avances modernos. El siguiente es un abrebocas de un trabajo de 1.600 páginas. 

Por Germán Corcho Tróchez

El estudio de la vasculitis refleja una parte del recorrido de la medicina para entender la inflamación del cuerpo. Hoy se sabe que afecta los vasos sanguíneos, pero llegar a esa definición exigió siglos de observación que fueron recogidos en el libro Historia y actualización de la vasculitis y enfermedades afines, autoría del médico internista y reumatólogo Antonio Iglesias Gamarra.

La publicación es el resultado de más de veinte años de trabajo clínico y científico sobre una patología cuyo nombre tiene raíces en el latín: vascŭlum (vaso pequeño) e itis (inflamación). En sus páginas aparecen los principales hitos de su análisis, los antecedentes en Colombia y Latinoamérica, el análisis histórico y crítico, epidemiología, enfoques biopsicosocial y diagnósticos, enfermedades asociadas, y el legado de investigadores y especialistas en la materia.

“Es una obra enciclopédica de gran amplitud y pertinencia, con una esencia pedagógica, adecuadamente clasificada e, igualmente, dotada de una bibliografía extensa que facilita la comprensión y amplía el horizonte de los lectores”, destacó José Consuegra Bolívar, rector de la Universidad Simón Bolívar, durante la presentación del libro.

El camino comenzó hace más de dos mil años, en el siglo I, cuando Cornelio Celso, médico griego convertido en ciudadano romano, escribió una frase que aún se enseña en las facultades médicas: rubor et tumor, cum calore et dolore (enrojecimiento, hinchazón, calor y dolor). Aunque no habló de vasculitis, Cornelio Celso resumió lo que observaba y su descripción marcó un punto de partida para comprender los procesos inflamatorios que más tarde incluirían los vasos sanguíneos.

Durante la Edad Media, el médico francés Antonio Saporta (1554) describió casos de aneurismas sifilíticos; es decir, dilataciones de las arterias causadas por la sífilis. Con ello empezó a vincular enfermedades infecciosas con daños en los vasos. En el siglo XVII, Giovanni Battista Morgagni (1682-1771) abrió la ruta al estudio sistemático de las lesiones orgánicas cuando detalló un gran aneurisma ubicado en el esternón, que generaba una rotura a través de la piel.

Battista, considerado el padre de la anatomía patológica, propuso que las lesiones podían estar relacionadas con la presión sanguínea. Luego, en el siglo XVIII, se introdujo una nueva manera de mirar el cuerpo: el cirujano británico John Hunter estudió la estructura de las arterias y las venas, y describió cómo la inflamación alteraba su funcionamiento. Poco después, el francés Xavier Bichat observó en autopsias que las arterias de personas mayores se volvían más gruesas e inflamadas, e introdujo la idea de que las enfermedades vasculares tenían causas distintas: algunas inflamatorias y otras degenerativas.

Ya en el siglo XIX, los médicos contaban con microscopios y una nueva disciplina: la anatomía patológica, que permitió observar con detalle el tejido dañado. En 1801, William Heberden documentó un cuadro clínico que incluía dolor abdominal, manchas en la piel y malestar general. Más tarde se identificaría como púrpura de Henoch-Schönlein, una forma de vasculitis. En 1866, los médicos Kussmaul y Maier describieron la periarteritis nodosa, considerada el primer caso moderno de una vasculitis sistémica. Por primera vez, la inflamación de los vasos fue entendida como una enfermedad con nombre propio.

“El pasado es por definición algo dado que ya no será modificado por nada. Pero el conocimiento del pasado es una cosa en progreso que no deja de transformarse y perfeccionarse”.

March Bloch

La gran transformación

A comienzos del siglo XX, los avances en microscopía y los estudios del sistema nervioso llevaron al neuropatólogo alemán Friedrich Wohlwill, en 1923, a describir la poliangeítis microscópica. Su hallazgo permitió diferenciarla de la periarteritis nodosa, ya que afectaba vasos más pequeños y no siempre mostraba los mismos signos de inflamación. Fue un paso clave para iniciar la clasificación de las vasculitis según el tamaño del vaso afectado.

El punto de inflexión llegó en 1952, cuando la patóloga estadounidense Pearl Zeek publicó la primera clasificación formal de las vasculitis, basada en observaciones de autopsias. Identificó un tipo particular que llamó vasculitis por hipersensibilidad, asociada a reacciones a medicamentos. Dos años más tarde amplió su propuesta y organizó las vasculitis según el tamaño de los vasos —grandes, medianos y pequeños—, una idea que sigue siendo base en la medicina actual.

El resto del siglo XX estuvo marcado por avances científicos en inmunología. Los investigadores identificaron anticuerpos como los ANCA, que permitieron reconocer nuevas formas de vasculitis como la granulomatosis de Wegener, hoy llamada granulomatosis con poliangeítis, o la de Churg-Strauss. La medicina dejó de centrarse en órganos dañados y avanzó hacia el estudio de las causas moleculares e inmunológicas de la enfermedad.

El libro lo resume con una idea que atraviesa la historia médica: “El cometido de este escrito al hacer una historia de las vasculitis no es el estudio de los síntomas de la enfermedad, sino cómo llegó a conocerse”. En otras palabras, más que de síntomas, se trata de una historia del conocimiento humano: de cómo la observación permitió identificar una enfermedad compleja.

La clasificación propuesta por Zeek y luego ajustada por consensos internacionales sigue guiando a médicos en varios países. Como advierte Iglesias, aún hay aspectos por estudiar. La vasculitis corresponde a un conjunto de procesos que el cuerpo desarrolla de distintas maneras. Comprender su historia ayuda a entender cómo avanza la ciencia a partir de observaciones, comparaciones y preguntas. “No podemos ir directamente a la molécula sin antes describir el proceso de cómo se llegó a descubrir, por qué, quién y cuándo”, justifica.

Detrás de cada hallazgo, cada nombre médico y cada clasificación hay personas que observaron, compararon y se formularon preguntas sobre la inflamación de los vasos sanguíneos. Esa es la historia de la vasculitis y del esfuerzo por entender el funcionamiento del cuerpo humano.

El camino comenzó hace más de dos mil años, en el siglo I, cuando Cornelio Celso, médico griego convertido en ciudadano romano, escribió una frase que aún se enseña en las facultades médicas: rubor et tumor, cum calore et dolore (enrojecimiento, hinchazón, calor y dolor).

PERFIL CIENTÍFICO

Profesor titular de la Facultad de Medicina y miembro de número de la Academia Nacional de Medicina. 

Médico especialista en Medicina Interna, especialista en Inmunogenética e Inmunología Celular en la Escuela Médica de Harvard.

Rector de la Universidad Simón Bolívar.

Médico cirujano, magíster en Proyectos de Desarrollo Social, egresado del Programa de Liderazgo Universitario de la Escuela de Educación de Harvard University.

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