Covid-19: cinco años del antes y el después para la humanidad

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La cifra oficial de víctimas mortales por la pandemia de covid-19 es de 14’9000.000, aunque el subregistro podría ser de más de 20’000.000. La crisis dejó lecciones poderosas y aceleró cambios sociales sustanciales.

Por Karina González Pedraza

“Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes desprevenidas”.
La peste, Albert Camus.

“Fue como si me hubieran atravesado con una espada caliente el corazón. Yo sentí que morí con él”. Así de lacerante es la descripción que hace Nataly Oliveros Barranco del momento exacto en que la pandemia trastocó su vida por completo. Fue a las 10 p. m. del 18 de abril de 2021, cuando supo que su esposo, Javier Reales, de 37 años, padre de su hija de dos años, murió a consecuencia de las secuelas del covid-19.

Con su sonrisa amplia y su amabilidad características, hace una pausa y respira profundo para rememorar su calvario. Lo hace con aflicción, pero con calma; con claridad puntual de las fechas, los días, las horas y de cada detalle; con un dolor apaciguado por el tiempo —aunque latente—, por el apoyo asistencial, por la red de cariño que su familia y amigos y, sobre todo, por el amor de su pequeña Nicolle.

Nataly, quien labora como auxiliar administrativa, recuerda que, en marzo de 2020, cuando empezó el confinamiento en Colombia por la crisis sanitaria, ella ya estaba fuera de la oficina como medida de precaución, pues estaba agripada al igual que su marido. “No queríamos ni ir al médico por miedo a que nos dijeran que era covid”.

Ya en 2021, al empezar el sistema de alternancia laboral, ella enfermó. El 28 de marzo, tras someterse a una prueba, recibió la confirmación de la enfermedad. Al día siguiente, pasó lo mismo con su esposo y su hija. “La niña estaba asintomática. La que estaba más mal, a simple vista, era yo: me ahogaba, fiebres altísimas, escalofríos, y a mi esposo, que no se veía así, nunca se le quitó la fiebre, tenía una tos seca, no expectoraba”.

Javier era una persona sana, activa y se ejercitaba. El 31 de marzo, fecha en que él cumplía años, la pareja buscó atención médica y, luego de un diagnóstico inicial erróneo, en un centro asistencial donde les practicaron radiografías, les confirmaron que él requería intervención médica inmediata.


Cuatro años después de su cataclismo familiar, Nataly advierte que no ha sido fácil. Los primeros días entró en estado de negación, no dormía, se mantenía irascible, incluso con su hija; cayó en un estado de depresión y ansiedad fuerte.


“Nos fuimos a la EPS, estuvimos allí toda la noche, y a eso de la 1 a. m., como él venía con marcación de urgente, le pusieron oxígeno y empezó a decaer. A las 3 a. m. ya lo llevaban en silla de ruedas al baño porque no podía respirar bien. El 1.° de abril me dieron de alta, pero a él lo hospitalizaron; me dijeron que era para poder tratarlo y tenerlo monitoreado”, relata.

A Javier lo trasladaron a otra clínica el 1.° de abril. Al día siguiente, a su familia le informaron que se le había bajado el índice PAF (presión arterial de oxígeno/fracción inspirada de oxígeno), por lo cual era necesario ingresarlo a UCI. Efectivamente, fue internado e intubado. El 9 de abril ya su prueba de covid salía negativa y, aun cuando el personal médico proyectaba someterlo a una traqueotomía para ayudarlo a respirar y optimizar sus condiciones generales, sus indicadores no mejoraron. Su organismo fue colapsando a causa de la patología. La noche del 18 de abril Javier sufrió un infarto. Fue reanimado. Veinte minutos después, otro más y su corazón se detuvo.

“Mi suegra, en medio de su dolor luego de recibir la llamada de la clínica, no sabía cómo decírmelo y se le ocurrió llamar a mis padres. Yo me había puesto a rezar un rosario, sin saber y por eso dije que no volvía a rezar un rosario en mi vida, porque para mí es símbolo de tragedia, me traslada a ese momento. Mis papás llegaron a mi casa a las 10 p. m. y me dieron la noticia. Cuando yo sentí que tocaban en la puerta y vi a mis papás, enseguida dije: ¿qué le pasó a mi abuelo?, pues le había dado una isquemia siete meses antes. En ningún momento se me pasó por la cabeza que era mi esposo. Cuando abrí la reja, vi que estaban llorando. Mi papá me dijo: “Tu abuelo está bien, pero Javi se nos fue”. Eso es lo peor que me ha pasado”.

Cuatro años después de su cataclismo familiar, Nataly advierte que no ha sido fácil. Los primeros días entró en estado de negación, no dormía, se mantenía irascible, incluso con su hija; cayó en un estado de depresión y ansiedad fuerte. Su mamá le pidió con firmeza que reaccionara porque debía seguir luchando, lo que la empujó a pedir la asistencia psicológica que le suministraron durante año y medio. Aprendió a soltar. Y aunque reitera que sigue siendo muy duro, que le sigue doliendo igual, tiene a su niña como una gran motivación, además de la certeza de que a Javier no le gustaría verla “echada a morir”.

“Ella me dice: ‘Yo nunca abracé a mi papá’, entonces vengo y le muestro las fotos: ‘En todas las fotos estabas con él. Papi te amaba y te ama muchísimo. Mira que siempre estaban abrazados, parecías un mugrecito de él’”, complementa Nataly.

Como esta familia, todos perdieron a alguien o algo a consecuencia de la pandemia. Todos quedaron con una herida profunda a causa de lo inesperado, un evento de consecuencias inéditas: un antes y un después para la humanidad.

Una imagen que muestra la familia de Nataly OIiveros antes de la pandemia de covid-19.

II
La sociedad

Una aserción recurrente durante la crisis apuntaba a que cuando fuera posible superarla el conglomerado humano enrumbaría sus esfuerzos hacia la solidaridad, el respeto por el otro, la justicia y la integración social, con la consciencia plena de la necesidad de la prevención de la salud, el cuidado del medioambiente y otros aspectos.

Cinco años después la transformación no ha sido tal. Según el análisis de la socióloga Matilde Eljach, en este análisis es clave advertir que no hay una sola sociedad sino varias sociedades compuestas de diversos intereses y, por ende, muchas formas de ser y estar en el mundo; por lo tanto, las respuestas ante las circunstancias también serán diferenciadas. Ejemplo de ello es que quienes viven en las zonas urbanas asumieron de una manera muy diferente la pandemia a quienes residen en las zonas rurales y quienes pudieron echar mano, por ejemplo, de las plantas medicinales o de las prácticas tradicionales para enfrentar la amenaza, el impacto y el efecto.

Una primera arista de su concepto es que esta enfermedad generalizó, más que un virus, el miedo y la incertidumbre; sentimientos que enfrentan directamente a la posibilidad de la muerte y, en esta coyuntura, a una amenaza de muerte global, de extinción masiva.

“El hombre ha enfrentado esto porque ha venido avanzando en un desequilibrio, en una desarmonía con la naturaleza, por eso hubo pandemia y ha habido otras pestes y habrá otras; la fiebre amarilla, el dengue…, y nada que decir sobre la posibilidad de una guerra nuclear que puede significar la extinción de la especie humana”.

La pandemia, a su juicio, también ratificó que no se puede creer todo lo que circula en los medios y redes sociales, que divulgan informaciones sin verificaciones ni filtros, además de la marcada tendencia perversa de aterrorizar para generar más incertidumbre y alimentar el caos. “También nos dejó la importancia de volver a lo fundamental: al afecto, la solidaridad, el apoyo humano, la familia y la fraternidad entre nosotros”.

Otro elemento, que a su juicio es positivo, es la reflexión general sobre la importancia del adecuado saneamiento básico, del cuidado del medioambiente, de la prevención en salud y demás. Sin embargo, pasado este tiempo, la contaminación ambiental, la explotación de la naturaleza y la generación exagerada de desechos, entre otras prácticas destructivas, continúan, lo que, considera la socióloga, implica que no hubo una transformación real en la relación hombre-naturaleza y “eso es muy difícil si las estructuras económicas siguen predominando tal como han sido”.


La pandemia, a su juicio, también ratificó que no se puede creer todo lo que circula en los medios y redes sociales, que divulgan informaciones sin verificaciones ni filtros, además de la marcada tendencia perversa de aterrorizar para generar más incertidumbre y alimentar el caos.


III
La ciencia y la academia

Cinco años después de la crisis, los aprendizajes para la ciencia han sido profundos y transformadores. Para Elkin Navarro Quiroz, doctor en Biología Molecular, una de estas lecciones es la gran urgencia de la colaboración abierta y global entre la comunidad científica, como en efecto se dio a una escala y velocidad sin precedentes.

“Aprendimos que las barreras tradicionales, la publicación lenta y la competencia excesiva definitivamente se convierten en un lastre que es inaceptable frente a amenazas de esta escala. Se necesita fortalecer la ciencia abierta y la colaboración de las diferentes perspectivas”, argumenta.

Un gran reto fue la infodemia, la ciencia tuvo que luchar no solo contra el virus, sino también contra la avalancha de desinformación y mala información. Para Navarro, un aprendizaje doloroso fue que la excelencia científica no es suficiente, sino que es necesario comunicar de manera efectiva, transparente y empática con el público objetivo, por lo que es trascendental que quienes toman decisiones estén informados por estas fuentes; es decir, una mayor alfabetización científica de la sociedad.

Otro eje relevante fue la consolidación de la evidencia de la importancia del control de la transmisión por aerosoles, con una combinación óptima de prácticas no farmacológicas como la ventilación en espacios interiores y el uso adecuado de mascarillas de alta eficiencia, entre otras.

La pandemia también ratificó que la vulnerabilidad biológica está intrínsecamente ligada a la vulnerabilidad social. La equidad en el acceso al diagnóstico, al tratamiento, sobre todo a vacunas, debe ser un pilar clave en la preparación y respuesta a futuras pandemias o episodios de crisis de salud pública.

En cuanto al rol que asumió la academia durante la coyuntura, a juicio de Lisandro Pacheco Lugo, doctor en Ciencias Bioquímicas, fue extremadamente importante y sustancial para la atención de la enfermedad. En particular, la Universidad Simón Bolívar fue de las primeras entidades que entraron a apoyar el diagnóstico en el Atlántico, alcanzando a practicar más de 80.000 pruebas, a través del Centro de Investigaciones en Ciencias de la Vida, que tiene personal especializado, infraestructura y equipamiento de alto nivel para este tipo de procedimientos.

“Por todo lo que se hizo, se puede decir que estamos hoy más preparados. A raíz de esta crisis se descentralizó la ciencia, hay mucho más talento humano formado en las áreas de genética, bioquímica y otras; en el aspecto social, incluso, la gente está mucho más adaptada y hay mayor conciencia”, agregó.

Para los analistas, este episodio actúo como catalizador y acelerador de cambios sociales, algunos incipientes, otros inesperados, pero todos interconectados entre la biología del virus, la respuesta de salud pública y las dinámicas sociopolíticas, cuya profundidad y permanencia aún son objeto de evaluación y análisis.

Fueron 14,9 millones de víctimas mortales entre el 1.° de enero de 2020 y el 31 de diciembre de 2021, según la Organización Mundial de la Salud. Además de los millones de afectados en su salud, con secuelas graves y permanentes. Así mismo, afloró una grave afectación de la salud mental, al punto que, en 2022, se estimaba que la prevalencia de la depresión y la ansiedad a escala mundial creció del 25 % al 27 %.

En educación, por el cierre de instituciones educativas, se acentuaron la inequidad y la falta de oportunidades, en especial en regiones que ya sufrían estas problemáticas. Además, “la gran dependencia del aprendizaje en línea exacerbó la distribución desigual existente en la educación”, según Human Rights Watch.

En el ámbito económico hubo una drástica contracción global, se deterioró la calidad del empleo y la cantidad de posiciones laborales en países emergentes, a la vez que aumentaron la pobreza, la desigualdad social y la inseguridad alimentaria, entre otras situaciones.


“Aprendimos que las barreras tradicionales, la publicación lenta y la competencia excesiva definitivamente se convierten en un lastre que es inaceptable frente a amenazas de esta escala. Se necesita fortalecer la ciencia abierta y la colaboración de las diferentes perspectivas”.

PERFIL CIENTÍFICO

Biólogo, Ph.D. en Bioquímica y Biología Molecular.

Grupo de Investigación en Genética (G=I=G), categoría A1 de Minciencias.

Matilde Eljach Pacheco

Socióloga, Ph. D. en Antropología.

Grupo de investigación Historia, Sociedad y Cultura Afrocaribe

Biólogo, Ph.D. en Biomoléculas y líder en innovación MIT Professional Program.

Centro de Investigaciones en Ciencias de la Vida (CICV)

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